En Neuquén capital terminó el séptimo grado en la Escuela 103 y eligió la técnica: primero la ENET 1 (hoy EPET 8) y luego la EPET 14, donde se recibió de técnico electrónico. A los 19 tomó una decisión que, sin saberlo, le cambiaría la vida: se presentó con su CV en Zanón. “Éramos 500 ese día; pedían técnicos y me la jugué”, recuerda. En 1996, entrar a la planta de manufactura más grande de la provincia era sinónimo de estabilidad. Nadie imaginaba que, pocos años después, la crisis de 2001 forzaría a esos pibes de guardapolvo azul a inventar otra cosa: una fábrica militante.
Del oficio a la política
Blanco no llegó a la política por los libros ni por una sensibilidad especial. Fue la línea de producción, el calor del horno y las asambleas lo que le cambió el eje. “Se combinó”, dice cuando le preguntan si militó antes de sindicalizarse o al revés. “Fui primero obrero de Zanón”. Ahí conoció a Raúl Godoy, “el único militante de izquierda que había en la fábrica” por entonces, y con él a una tradición que le puso palabras a lo que venía sintiendo en el cuerpo.
“Viví todo el proceso”, resume: la recuperación de la comisión interna, el desafío de ganar el sindicato y el choque frontal con el cierre patronal. Enfrente, una burocracia que —dice— “armaba listas negras” y no defendía derechos. Al costado, otras cerámicas del cordón industrial con condiciones “prácticamente de servidumbre”. La respuesta fue una escuela de democracia obrera: decisión en asamblea, rotación de vocerías, solidaridad activa, producción para sostener los sueldos y los platos en la mesa.
Hubo represión y hubo, sobre todo, un descubrimiento que lo marcó: la ayuda llegaba de quienes menos tenían. Ahí se le hizo carne una idea: “socialmente lo somos —dice—; somos socialistas. El problema es cuando no te dejan ser”.
“Soy obrero ceramista”
Con el tiempo, Blanco ocupó una banca en la Legislatura y habló desde ahí. Pero insiste en no despegarse de su punto de partida. “Soy obrero ceramista, obrero de Zanón.” Lo repite como una contraseña; también ahora, cuando la planta discute reconversión. Esa pertenencia explica su manera de estar en la política: “somos trabajadores que hacemos política, no políticos de carrera”.
La anécdota que trae sobre Godoy en la Legislatura neuquina es brutal y pedagógica: “Le dijeron que se sacara la camisa de grafa”. Aquella primera banca del Frente de Izquierda (la primera del país) rompió la inercia: por las puertas de la Legislatura empezaron a entrar reclamos laborales que antes se quedaban en la calle. “Nos decían que habíamos armado un Ministerio de Trabajo en la Legislatura”, ironiza. Para él, fue eso: romper la escribanía y acercar a los trabajadores al recinto.
Una herramienta propia: el partido de trabajadores
Desde esa experiencia, Blanco empuja hoy un salto organizativo: un partido de trabajadores que no sea solo un frente electoral, que se construya “desde abajo” y con democracia directa, que no dependa de sellos ni de guiños de gobernadores. El FITU es una herramienta que —admite— permitió conquistar bancas y sostener posiciones; pero marca límites y propone ampliar el campo: que el movimiento obrero tome en sus manos la herramienta política.
¿Con cualquiera? No. Se distancia de quienes “se adaptaron a los gobiernos” y fueron “colaboradores” del poder, y defiende una frontera nítida: independencia de los partidos patronales. No es una consigna vacía; es un método —dice— para que la agenda no se la dicte el despacho de turno.
“Polarización extorsiva”, Congreso y calle
Sobre la coyuntura nacional, y sobre aquellos que dicen que pueden frenar a Milei o defensa de Neuquén contra nación, Blanco no la endulza: “Es una polarización extorsiva”. Votar contra uno para no votar al otro. Atajos con “programas vacíos”. Recuerda que Ley Bases y el RIGI salieron con votos de “todos menos el FIT” y vuelve a un punto que atraviesa su biografía: el Congreso se mueve cuando se mueve la calle. Por eso no promete milagros desde ninguna banca ni vende épicas parlamentarias: sin organización social, cualquier número en el tablero se ordena solo.
¿Y el mandato presidencial? No esquiva la palabra prohibida. “Si hay un estallido social y eso le cuesta el cargo al Presidente, será parte de un proceso democrático”, afirma. Para salir del péndulo, propone mandatos revocables —de funcionarios, diputados y del propio Presidente— y salarios equiparados a los de un trabajador calificado para toda la dirigencia. Responsabilidad y control social, en lugar de cheques en blanco cada cuatro años.
Neuquén, Vaca Muerta y la “neuquinidad” en disputa
Blanco también discute el relato provincial. “La neuquinidad que plantea el gobierno de Rolando Figueroa es falsa”, dispara. Dice que mientras se promete soberanía energética, hay familias sin gas, luz o agua; que junto al récord de extracción en Vaca Muerta crecieron los accidentes, hubo despidos y suspensiones; que lo mejor que ofrecieron fue “un seguro de vida para cuando te mandan al matadero”.
Cuestiona el régimen de regalías —“las liquidan por declaración jurada”—, critica la reconcesión de hidroeléctricas (“el agua es nuestra, el negocio es de otros”) y recuerda un dato que lo indigna: “Reconocieron que el 75% del capítulo de hidrocarburos de la Ley Bases lo escribió el equipo técnico de Figueroa”. También nombra lo que duele: el transfemicidio de Azul Semeñenco, la desaparición de Luciana. Para él, ahí también se juega la verdad o falsedad de cualquier “identidad” provincial.






































